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Las mujeres aún perciben menores ingresos que los hombres

EL TELEGRAFO.-La brecha de desigualdad económica, tecnológica y social entre hombres y mujeres es un problema que, aunque ha disminuido en la última década, mantiene los mismos patrones de exclusión y discriminación de tiempos pasados.

En este sentido, el informe Mujeres en la economía digital: superar el umbral de la desigualdad, publicado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), da luces para comprender esa realidad, pues constituye un esfuerzo de sistematización que revela los diversos aspectos que condicionan, en la actualidad, la inserción de las mujeres de América Latina en el mercado laboral, así como el acceso y el uso que ellas hacen de diferentes elementos de la economía digital.

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Situación de las mujeres en el mercado laboral

La participación de las mujeres en el mercado laboral, en la actualidad, es considerada una de las transformaciones sociales y económicas más importantes y sostenidas de las últimas décadas, que no ha retrocedido durante ninguna crisis, pero se ha desacelerado en el comienzo del nuevo milenio. Según detalla el informe, esta participación ha mantenido los rasgos de precariedad que han caracterizado al empleo femenino. Es así que las mujeres con mayor nivel educativo, menores cargas familiares y más recursos para adquirir servicios de cuidado presentan tasas de participación económica más elevadas.

Pese a la importante presencia de las mujeres en el mercado laboral, detalla el análisis de la Cepal, aún persiste la segregación laboral, que se define como la clara distinción entre los sectores de actividad en el mercado y los puestos de trabajo ocupados por hombres y mujeres. La segregación laboral de las mujeres se manifiesta en dos dimensiones: la segregación horizontal y la segregación vertical. La segregación horizontal supone que las mujeres se concentran en ciertos sectores de actividad y en determinadas ocupaciones, mientras que la segregación vertical implica el desigual reparto de hombres y mujeres en la escala jerárquica y, por lo tanto, muestra cómo las mujeres tienen dificultades para progresar en su profesión y poder acceder a puestos más cualificados y mejor remunerados.

En el informe se destaca que la segregación horizontal forma parte de un problema de naturaleza sistémica que se reproduce en tres ámbitos: a) la familia, a través de la socialización, al considerar que el éxito de las niñas y niños sigue proyectándose como una combinación de profesión y maternidad; b) la escuela, donde la reproducción de estereotipos explica, en buena parte, la concentración de las jóvenes en estudios compatibles con la vida familiar, y c) la demanda laboral, que requiere en la vida pública capacidades semejantes a las valoradas en la vida familiar. De esta forma, no es casual que las mujeres predominen entre los trabajadores de los servicios de educación y salud, los servicios a las personas y el comercio.

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A su vez, a la segregación horizontal se suma la segregación vertical, que hace que en la mayoría de los trabajos, las mujeres se concentren en los puestos jerárquicos más bajos y de menor autoridad o ejerzan oficios que requieren menor calificación. Este fenómeno es conocido como “techo de cristal”, en alusión a las barreras de poder invisibles que impiden a las mujeres ascender en los puestos de trabajo.

El techo de cristal incluye barreras invisibles como los estereotipos de género y prejuicios, las culturas empresariales hostiles, que excluyen tácitamente a las mujeres de las redes de comunicación informales, y la falta de oportunidades para ganar experiencia en puestos gerenciales. Como profundiza la Cepal, mientras el techo de cristal describe la experiencia en el extremo superior de la estructura jerárquica, lo que algunas autoras llaman el “piso pegajoso” muestra la situación de las mujeres en el extremo inferior de la jerarquía salarial y se refiere a cómo les cuesta salir de los empleos con baja remuneración y menores perspectivas de movilidad. Las mayores dificultades con que tropiezan se asocian también con la carencia de servicios de cuidado accesibles y la falta de oportunidades de capacitación en el trabajo (Harlan y Bertheide, 1994; Albelda y Tilly, 1997, en Cepal, 2010a).

“Según las proyecciones de población del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía, las mujeres representan el 50,9% de la población en la región.

El índice de feminidad de la pobreza para las personas de entre 20 y 59 años indica que la tasa de pobreza de las mujeres es más alta que la de los hombres en América Latina.

En este punto, el informe detalla que el patrón de empleo precario genera oportunidades para algunas mujeres, pero con estándares laborales bajos, perfiles de segregación laboral, brecha salarial de género y derechos sociolaborales y sindicales limitados o nulos como resultado de la falta de políticas que favorezcan la corresponsabilidad para enfrentar el trabajo productivo y reproductivo.

En la mayoría de los países, las mujeres constituyen una porción importante de los grupos con menores ingresos (Ver gráfico 1). Una de cada tres mujeres latinoamericanas aún no tiene ingresos propios y su presencia en la economía está caracterizada por sesgos discriminatorios similares a los que enfrenta en otros ámbitos de la vida privada y social.

Un grupo mayoritario y discriminado

Según las proyecciones de población elaboradas por el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (Celade)-División de Población de la Cepal-, las mujeres representan el 50,9% de la población de América Latina y El Caribe, lo que equivale a más de 300 millones de personas. Sin embargo, como señala el informe, aún se insiste en tratarlas como un grupo minoritario, vulnerable o excepcional. Muchas de ellas tienen condiciones de vida y de trabajo precarias, y enfrentan situaciones de persistente discriminación. Problemas como la violencia y la sobrecarga de trabajo hacen que las mujeres pierdan calidad de vida y vean aun más recortado el goce de sus derechos.

Uno de los principales desafíos que se presentan al observar ciertos indicadores de género es comprender por qué en los hogares pobres hay mayor proporción de mujeres (en edad productiva, entre 20 y 59 años de edad) que de hombres. Cuestiones asociadas a la carga del trabajo de cuidado y a las responsabilidades familiares asignadas a las mujeres restringen su capacidad para integrarse al mercado laboral e impiden generar ingresos que permitan a esos hogares superar la pobreza.

La Cepal indica que si bien las economías de la región han registrado tasas de crecimiento económico pese a las dificultades emanadas de la crisis de los países del norte, las mujeres continúan viéndose afectadas por el cruce de discriminaciones que sufren y su proporción aumenta entre las personas que viven en hogares pobres.

Al revisar las cifras de pobreza y tomar el hogar como unidad de análisis, no se encuentran grandes diferencias entre la proporción de hombres y mujeres respecto de los hogares no pobres. Sin embargo, al analizar el subconjunto de población en edad de trabajar, las diferencias de género en cuanto a la magnitud de la pobreza se hacen evidentes.

El índice de feminidad de la pobreza para las personas de entre 20 y 59 años de edad indica que en todos los países de la región, la tasa de pobreza de las mujeres es más alta que la de los hombres. Los países con valores más altos de este índice son Argentina, Chile, República Dominicana y Uruguay. En todos ellos, la tasa de pobreza de las mujeres de 20 a 59 años de edad excede en un 30% o más a la de los hombres de edad similar.

Por otra parte, la oferta de trabajo remunerado se regula, entre otras cosas, a través de la negociación en los hogares de la distribución del trabajo no remunerado para la reproducción entre los miembros del hogar según el sexo y la edad.

Esta regulación se hace mediante la asignación de tiempo al trabajo remunerado y no remunerado. Las personas, principalmente las mujeres, que asumen el trabajo no remunerado liberan a los trabajadores potenciales de la responsabilidad del cuidado (Cepal, 2012b).

El tiempo total de trabajo se mide a través de las encuestas de uso del tiempo, que según el informe, resultan complejas y costosas. No obstante, enfatiza la Cepal, es importante destacar que la mayoría de los países de la región ya cuentan con alguna experiencia al respecto y en varios casos con más de una medición en los últimos 15 años.

Por otra parte, en varios países se están realizando cálculos para estimar el valor monetario del trabajo no remunerado. La implementación de las encuestas de uso del tiempo ha contribuido a visibilizar esta carga de trabajo no remunerado que realizan las mujeres. Por ejemplo, en México, el valor económico del trabajo no remunerado equivale al 21,6% del Producto Interno Bruto y, de este porcentaje, el 78,3% es contribución de las mujeres (Ver gráfico 2).

Al sumar el tiempo de trabajo total -remunerado y no remunerado-, en los países que cuentan con información, se observa que las mujeres trabajan más tiempo que los hombres. Estos dedican más horas al trabajo remunerado, mientras que las mujeres dedican más tiempo al trabajo no remunerado. En todos los casos, las mujeres trabajan más tiempo que los hombres al día o a la semana.

Este informe revela que los esfuerzos por disminuir la brecha de desigualdad avanzan, pero que es necesaria una mayor profundización de las mismas.