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Los adolescentes infantilizados

Aplicando las normas infantilizantes del Código, se ha prohibido que el joven Lagravere toree en Tambillo, porque resulta que las corridas de toros entran en la categoría de “espectáculos violentos, obscenos y claramente inapropiados para menores de 16 años”. ¿Cuándo prohíben que los niños vayan al fútbol, digo yo, dónde también hay violencia? ¿No murió un pequeño en Guayaquil alcanzado por una bengala en un estadio?
FERMÍN VACA S.

Cuando el señor presidente de la República tiene razón, tiene razón. Los adolescentes que cometen crímenes no deben ser juzgados como infantes sólo porque les faltan 24 meses o menos para cumplir 18 años. Deben responder por sus delitos como adultos.

Pero hay un detalle: las agendas de algunas ONG que llegaron al poder con el señor Presidente de la República, y que plasmaron sus objetivos en el Código de la Niñez y Adolescencia, han convertido a los adolescentes en niños de pecho, merecedores de toda la protección de la sociedad y el Estado, infantilizando a quienes ya no quieren -ni deben- ser tratados como  niños.

André Lagravere ‘El Gabo’ es un joven torero mexicano de 14 años. Como la mayoría de quienes han sentido la afición taurina desde niños, se ha identificado con el mundo del toro desde que tenía uso de razón. Al igual que Sebastián Peñaherrera, el joven rejoneador quiteño que acaba de tomar la alternativa en la Feria de Quito en Tambillo. O que Julio Ricaurte, otro destacado alumno de las escuelas taurinas nacionales.

Pero, aplicando las normas infantilizantes del Código, se ha prohibido que el joven Lagravere toree en Tambillo, porque resulta que las corridas de toros entran en la categoría de “espectáculos violentos, obscenos y claramente inapropiados para menores de 16 años”. ¿Cuándo prohíben que los niños vayan al fútbol, digo yo, dónde también hay violencia? ¿No murió un pequeño en Guayaquil alcanzado por una bengala en un estadio?

El padre de Lagravere que es torero, podría darle el permiso para ir, pero el Estado ecuatoriano ha tomado una decisión que va contra el derecho de los padres a educar a sus hijos como estimen conveniente. Es decir, el torero de 14 años no puede ni entrar a la plaza, menos torear. Con las justas ha podido tomar la alternativa Sebastián Peñaherrera, que ya tiene 16 años. Nótese que en tauromaquia no se exige edad para ser torero: es cuestión de destreza, afición y criterio de los padrinos de la alternativa. Lo siguiente será darle el puntillazo a nuestras escuelas taurinas, con lo cual la campaña moralista para erradicar los toros del Ecuador golpeará a los nuevos aficionados.

Las agendas del feminismo reaccionario que salpican al Código de la Niñez y Adolescencia, el cual leído con atención podría servir para que cualquier colegiala chanteajee a sus profesores acusándolos falsamente de haberla mirado -no digamos tocado- de manera indebida, por ejemplo, crean la incongruencia que, muy acertadamente, ha señalado el señor presidente de la República: que un adolescente asesino múltiple es un niño incapaz de responder por sus actos y debe ser perdonado. Hasta su cumpleaños 18. Hasta que vuelva a matar.

La otra incongruencia evidente es la del voto: resulta que un adolescente de 16 años puede -aunque se insinúa que no debe- ir a los toros, y si quiere también puede ir a votar para elegir presidente de la República, alcalde o lo que le parezca conveniente. Puede ejercer derechos políticos, pues se presume que tiene madurez para ello. Empero, no se puede casar, no tiene la facultad de dar su consentimiento para tener relaciones sexuales, y si le falta un día para cumplir 16, tampoco puede ir a los toros. ¡Qué lindura!

Es necesario desmontar la pacatería que salpica algunas de las leyes vigentes. Las leyes deben responder a la realidad de las sociedades: en un país donde el embarazo adolescente es una realidad, resulta que se pretende con una ley ultramontana negar que los adolescentes tienen sexo. ¿Y si no lo tienen, cómo se producen los embarazos? ¿Obra del Espíritu Santo?

En un país donde la violencia no discrimina edad, y siendo notorio que uno de los objetivos de la ley penal es disuadir del crimen, resulta que ese mismo que no se puede casar ni ir a los toros debe ser juzgado con total indulgencia si mató, porque aún no cumple 18 años.

¿Qué hay detrás de las maternales normas del Código de la Niñez y la Adolescencia y sus concordancias en la ley penal vigente?, pues el feminismo moralista de siempre; que cree que con taparle los ojos a los niños estos van a ir por el “buen camino”: mentalidad de abuelitas trasnochadas. Una ley que no responde a la realidad social no sirve: es sólo un instrumento mojigato y sin valor.

Entonces, dando nuevamente la razón al señor Presidente de la República: los adolescentes que cometen delitos deben ser juzgados como adultos. Pero esos mismos que votan debieran poder casarse, dar su consentimiento sexual y -si quieren- ir a los toros, pues los toros son tan herencia nuestra como el español en el que escribo y el catolicismo pudibundo de ciertas feministas.

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