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Una feminista en tu porno (y en tu salón de clases)

Miriam es una estudiante de pregrado en Estudios Feministas y Sociología en Duke, una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Se graduó con honores de la secundaria. Su padre es un doctor militar que recientemente volvió a casa después de estar de misión en Afganistán. Políticamente, se identifica como republicana libertaria. Se declara feminista. Tiene dieciocho años.Belle-Knox-20A veces, no se llama Miriam, sino Belle Knox. Hace películas que, incluso para estándares de la industria en que trabaja, se consideran de contenido fuerte. Tiene sexo con tres, cuatro o más hombres a la vez y le gusta. Escenifica fantasías de violación. Es actriz porno y le encanta su trabajo. No está avergonzada de sus elecciones ni interesada en disculparse por la manera en que vive su sexualidad. Quiere usar su educación universitaria y su experiencia en la industria pornográfica para defender los derechos de otras trabajadoras sexuales y así lo dice, orgullosa y sonriente, en el video del casting de la primera porno que filmó.Su caso ocupa las páginas de los periódicos más importantes de Estados Unidos desde hace ya varias semanas. Todo empezó cuando un compañero de clase la reconoció en una de sus películas y decidió “exponerla” en los foros virtuales de la universidad, una de las más elitistas y exigentes del país. Lo que siguió fue un violento despliegue de amenazas, insultos, humillaciones y acoso, lo que en inglés se conoce como slut-shaming (algo así como “avergonzar a la perra”). Cientos de comentaristas, amparados en la impunidad que el anonimato virtual permite, afirmaron que merecía ser violada, que sus degradantes acciones la volvían menos humana, que le tirarían basura en la cara si la vieran, que era una niña pequeña sin consciencia de las implicancias de sus acciones, una puta, una perra, una vergüenza para la universidad. Su información personal fue compartida una y otra vez; su valor como ser humano, reevaluado y reasignado como nulo; su derecho a la privacidad, anulado. Pero en lugar de agachar la cabeza y callar, de empacar sus maletas y volver a casa a esperar en su cuarto a que pase el mal rato, ella respondió. Primero, con una columna anónima en la que se identificaba a sí misma como “la estrella porno de Duke” y, más recientemente, en un artículo que firmó con el seudónimo que utiliza en la industria.

Es que, para sorpresa de muchos, Belle Knox no está dispuesta a quedarse callada ni a dejar de decir que adora su trabajo. Que no tiene planes de parar. Que es una mujer bisexual con gustos íntimos bastante particulares y que los sets de filmación en Los Ángeles son el primer lugar en el que se siente cómoda con ellos. Que, cuando filma, se siente empoderada. Que podría haber pedido un préstamo que le apretara el cuello económicamente durante años para poder pagar la matrícula anual de sesenta mil dólares que exige su universidad, pero que prefirió hacer eso que tanto disfruta: tener sexo con otros actores y actrices porno frente a una cámara. Que le encanta y que cree que es hora de desestigmatizar el trabajo sexual, porque al condenar y humillar a las mujeres que deciden libremente utilizar su cuerpo como modo no solo de goce, sino de vida, perjudicamos también a las miles o millones de mujeres que son privadas de su libertad y obligadas a hacerlo. Que, como feminista, sabe que es “un peligro para el patriarcado”, porque no hay nada más peligroso que una mujer en control de su propia vida.

Y esa negativa a mirar al suelo y declarar a quien quiera escuchar que lo suyo fue una medida desesperada, el triste recurso de una chica atormentada por los exorbitantes precios de la educación en su país, le ha valido no solo la condena de cientos de comentaristas anónimos, sino de periodistas reconocidos e importantes portales de noticias. Aparentemente, el que una mujer educada, claramente inteligente y con distintas opciones en la vida, decida convertirse en una trabajadora sexual, es algo que muchos no solo encuentran inconcebible, sino ofensivo.

El debate ha despertado una vez más la vieja discusión sobre el doble estándar con el que todavía se juzga la sexualidad femenina. Porque el valor de muchas mujeres se mide en función de cuánto logran personificar la fantasía masculina y la verdad es que nadie fantasea con una puritana en la cama. Pero resulta que cuando no somos puritanas, somos putas (y que eso, como nos recuerdan otras voces femeninas, no le gusta a ningún chico más que para la fantasía). Por eso Robin Thicke puede cantarle “I know you want it” a todas las niñas buenas del mundo en la canción hit del verano pasado, pero cuando esas niñas demuestran ser más bien mujeres y “quererlo” y disfrutarlo tanto como sus pares masculinos, se desata el infierno.

Y es que en el fondo, las reacciones a la historia de Belle Knox revelan que la idea de una mujer en dominio y uso autónomo de su sexualidad y de su cuerpo todavía aterra a más de uno. Que, haciendo uso de esa autonomía, ella haya decidido convertirse en actriz porno es solo la cereza que corona la torta. Porque no debería ser necesario decir que las trabajadoras sexuales no son las únicas víctimas del slut-shaming. Es bastante más cotidiano y extendido que eso: la chica que se acostó con el chico que acaba de conocer, la que se besó con dos en una misma fiesta, la que dejó a su novio por otro, la que también se siente atraída a las mujeres, la que disfruta del sexo sin mayor compromiso de por medio, la que tira en la primera cita, la que no siente que debe comportarse como una virgen nerviosa en la cama. La “perra” del cole, la “puta” que llega de madrugada a casa, “la trampa” que la Municipalidad de Barranco considera merece comer excremento de perro por tratarse de una mujer de moral suelta y prendas pequeñas.

El que Belle Knox haya hecho uso de su agencia como estudiante universitaria, mujer y ser humano, para participar libremente de una industria billonaria que millones de hombres y mujeres consumen en todo el mundo parece haber sido demasiado. Por más terrible que suene, las cientos de personas que han elevado su voz ofendida (o lanzado sus amenazas) contra ella, parecen callar que hubiesen preferido que su incursión en el mundo de la pornografía no hubiera sido ni tan libre ni tan autónoma. Que se hubieran sentido más cómodos con una mujer coaccionada a tener sexo frente a una cámara que con una que se lo pasa genial al hacerlo. Ella cometió el máximo pecado de una mujer que merezca ser considerada señorita: disfrutar de su sexualidad por ella y para ella, sin subordinarla a los dictámenes del placer o la moral ajena.

Todo esto no quiere decir que la industria del trabajo sexual no sea, efectivamente, muchas veces degradante para las mujeres. La trata de personas para ser utilizadas como esclavas sexuales es real; los abusos en la industria pornográfica, que han sido narrados valientemente por actrices y activistas, llegan muchas veces al grado de violaciones en el set de filmación; millones de mujeres y niñas en todo el mundo son obligadas a ejercer la prostitución, muchas veces sin que se respeten los estándares más básicos de salud y seguridad. En sus artículos, Belle Knox reconoce esto y reconoce también lo afortunada que es de que ese no sea su caso. Pero nos recuerda también que al condenar y estigmatizar el trabajo sexual no solo despojamos a otras mujeres de su agencia y autonomía, sino que empeoramos la situación de quienes no se encuentran en ese escenario libremente, porque les decimos una y otra vez que deben sentirse humilladas de estar en el lugar en el que están, que son menos, que sus derechos ya no importan tanto. Reconocer y respetar el derecho de las mujeres de vivir su sexualidad como les venga en gana, ya sea en la intimidad de su habitación o en un set de filmación, es el primer paso para cambiar eso.