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Ecuador. JOSÉ PERALTA Un revolucionario ejemplar

por César Albornoz

Lunes, 05 de Mayo de 2014 00:06

Breve reseña de su acción revolucionaria por la transformación social del Ecuador

Inmediatamente después del triunfo de la Revolución Liberal las disensiones internas en las filas del partido rojo se hacen presentes entre los liberales de paso corto, que quieren transformaciones superficiales y el control del aparato del Estado, y los radicales que quieren transformaciones profundas para redimir al pueblo ecuatoriano y poner las bases de una sociedad moderna y más justa.

cb55576194d78aa627b99e1cd6babe2a_SJosé Peralta es de los que pronto advierten ese círculo tenebroso rodeando al General Eloy Alfaro para detener el rumbo adecuado del proceso revolucionario, siendo él mismo víctima de las calumnias de aquellos que veían con temor su innegable liderazgo por la causa radical, por lo que tratan de indisponerlo con el Viejo Luchador, acusándolo incluso como desertor de las filas radicales, “abusando de que me hallaba incomunicado en un calabozo inmundo, cargado de grillos, ultrajado a todas horas por una turba de caníbales que sin cesar pedían mi muerte”, como lo expresa en hoja volante dirigida al Jefe Supremo.[1] En ese impreso hace un recuento de su  agitada actividad política: “Llevo más de veinte años de lucha tenaz contra el fanatismo y la tiranía, sin más apoyo que mi profunda convicción y mi fe inquebrantable en el triunfo de la idea radical; he pasado mi vida en los calabozos y los destierros, perseguido de muerte, calumniado, ultrajado por toda laya de fanáticos y tiranuelos, por no cejar un punto en el camino emprendido; y ahora mismo, teniendo suspenso el puñal asesino sobre mi cabeza, he rechazado toda proposición adversa a mis antecedentes”.[2]

Esas dos décadas de lucha a que se refiere, en realidad están llenas de jornadas excepcionales de su vida. Ha sido desterrado  y confinado por los gobiernos de Veintemilla y Caamaño, ha fundado el primer Círculo Liberal del Azuay en la región más retrógrada y recalcitrante del conservadorismo ecuatoriano, ha planificado con sus coidearios  una fuga no aceptada por Luis Vargas Torres para salvarle la vida, ha fundado y dirigido varios periódicos revolucionarios en los que desarrolla la doctrina liberal y ha enfrentado a lo más granado de los ideólogos y propagandistas conservadores, ha viajado en compañía de Manuel Serrano a Guayaquil a pedirle a Alfaro el armamento necesario para defender la revolución triunfante en el Distrito del Sur, y en el campo de batalla, al que asiste como auditor de guerra, ha obtenido el grado de coronel. Ha sido hecho prisionero por las huestes clericales que le condenan a la pena de muerte, impedida solamente por la determinación del general Manuel Antonio Franco a proceder de la misma manera con importantes personajes conservadores en su poder, si no liberan a su correligionario.[3]

Con toda esa trayectoria tenía razón de reaccionar públicamente contra las maniobras de esos escritores desconocidos en las luchas del radicalismo como califica a los difamadores que quieren presentarle como adversario de Alfaro, y decide renunciar a las funciones públicas encomendadas por el Gobierno Supremo:”Ud. está lejos de creerme desleal –le dice a Alfaro–, si he de juzgar por las honrosas manifestaciones de benevolencia, con que me ha favorecido cuando salí de mi calabozo; pero, a pesar de esto, no creo ya conforme con mi dignidad el continuar de empleado público; se ha puesto en duda mi sinceridad, y debo retirarme. En consecuencia renuncio el cargo de Ministro Juez de la Corte Superior de Justicia, y el de Profesor de Derecho Público en el Colegio de San Luis, con que el Gobierno Regenerador quiso honrarme. No es esto renunciar a la honrosa amistad de Ud., ni retirarme de la lucha, Señor General: ni un instante dejaré de combatir por la emancipación del espíritu, en esta tierra donde aún imperan las tinieblas del fanatismo más desconsolador y bárbaro”.[4]

Cumplido lo que cree conforme con su dignidad, retoma la lucha ideológica como diputado electo por el Azuay en la Asamblea Constituyente que se instala en Guayaquil el 9 de Octubre de 1896. Allí presenta varios proyectos revolucionarios, postulados fundamentales desarrollados  ya a lo largo de años de labor periodística, como la abolición del Concordato, la separación de la Iglesia del Estado, la tolerancia religiosa, promulgación de derechos humanos pospuestos largamente en nuestra sociedad –libertad de pensamiento, de cultos, de imprenta, de enseñanza– y la redención de las masas trabajadoras en general y del indio en particular: “(…) es tiempo ya de poner término a la esclavitud de los indios; tiempo es ya de que emancipemos esa noble raza envilecida por la conquista y el Coloniaje; tiempo es ya de que elevemos a nuestros esclavos a la categoría de hombres libres, y les hagamos partícipes de todos los bienes de la sociedad, de todos los frutos de la civilización y del progreso. Si no debiéramos obrar así ¿para qué la revolución, para qué tanta sangre derramada por el pueblo ecuatoriano, para qué tantos sacrificios en aras de la libertad? ” [5]

En ese memorable discurso del 4 de enero de 1897 –pronunciado en la Asamblea trasladada a Quito por causa del gran incendio de Guayaquil y la fiebre amarilla que asola a esa ciudad– deja sentado un principio esencial de la solución del problema agrario: que la verdadera libertad del indio está vinculada con la propiedad de la tierra, cuestión brillantemente desarrollada tres décadas después por Mariátegui en sus Siete ensayos de la realidad peruana. Propone  también la abolición de las odiosas contribuciones eclesiásticas –primicias y derechos de estola– a que estaban obligados los campesinos e indígenas del país.

Cuando se aborda la nueva ley de división territorial se anticipa a un problema crucial de nuestros días, proponiendo la descentralización administrativa que dote de régimen municipal incluso a nivel parroquial, para que el pueblo como comunidad local  tome las decisiones acuciantes de su diaria convivencia, medida altamente democrática para que regiones postergadas mejoren su nivel de vida, siendo objetada por los asambleístas con el argumento de que todavía no es tiempo.[6]

De esa Asamblea se retira desilusionado ante la debilidad ideológica de la gran mayoría de los representantes, muchos de ellos con mentalidad terrateniente, que no estaban dispuestos a destruir “lo vetusto, lo tradicional, lo que constituía el baluarte del fanatismo y la opresión”, peor concebir que “reedificar sin haber demolido el edificio ruinoso”, era francamente insensato.[7] Los proyectos de Peralta si no eran  rechazados, encontraban la más feroz oposición, asombrosamente, por muchos de los diputados que habían llegado a sus curules por el Partido Liberal. En sus Memorias dirá que  la minoría roja fue derrotada en todo terreno, “no por los clericales, sino por nuestros propios copartidarios”.[8]

Suspende su alejamiento voluntario de la actividad política por insistencia de connotados liberales y luego de mantener una larga conferencia telegráfica con Alfaro, en la que reitera sus puntos de vista sobre el curso de la revolución y las condiciones en que estaría dispuesto a colaborar. El Viejo Luchador le habría dicho entonces: Venga usted y pondremos el hombro a la obra de mejorar esa situación que tanto le alarma.[9]

El 18 de septiembre de 1898 es nombrado ministro de Gobierno y de Hacienda y en octubre de Instrucción Pública y de Relaciones Exteriores y Cultos, ante el espanto de moderados y conservadores que habían hecho todo lo posible por evitarlo. Desde entonces, se convertirá en el colaborador más decidido de la obra transformadora emprendida por el general Alfaro, en medio de una prolongada guerra civil y las insuperables limitaciones que les impone la Constitución aprobada. Colaboración que se convertirá en profunda amistad, hasta el fin de sus días, con quien lo llamaba públicamente su amigo de primera fila. “¡Qué obra de transformación revolucionaria que inician Alfaro y Peralta! –dice al respecto Gonzalo Abad Grijalva–, y eso que en aquellos tiempos no se habían inventado todavía los “planes de transformación y desarrollo”. Peralta se preocupa de dejar su huella en todos los frentes”.[10]

Ante el impedimento constitucional de la separación de la Iglesia y el Estado, Peralta como ministro de Cultos opta por el restablecimiento de la Ley de Patronato que va acompañada con la supresión de los llamados tributos de estola o parroquiales y las contribuciones eclesiásticas sobre la agricultura –fuentes de abuso y exacciones que pesaban sin misericordia sobre los campesinos ecuatorianos–, la prohibición de enajenar o gravar los bienes de la Iglesia, especialmente los de manos muertas, reducción del clero a funciones propias de la religión, sin inmiscuirse en los asuntos del Estado. En síntesis, medidas  “tendientes a impedir que la clase sacerdotal prosiguiera por la execrable senda de amontonar riquezas a costa de la sangre y de las lágrimas del pueblo; de oprimir, explotar y degollar a las ovejas del rebaño que Cristo había confiado a sus discípulos”,[11] poner fin con ello, a todos los privilegios medievales de que gozaba la clerecía nacional.

Como ministro de Instrucción Pública propugna una verdadera revolución cultural mediante una profunda Reforma Educativa desde la primaria hasta la Universidad, que impulse el desarrollo científico del Ecuador. Lo que por decretos ejecutivos puede llevar a cabo lo hace, el resto exhorta al parlamento para que cumplan con la patriótica labor, que, desgraciadamente por su composición y alineamientos ideológicos, no está a la altura de las circunstancias históricas, y aún ahora, un siglo después, muchas de las propuestas peraltianas siguen manteniendo vigencia por la incuria e incumplimiento de los padres de la patria. Ahí están sus Informes a la Nación demostrando lo avanzado de su pensamiento y la mezquindad de nuestros políticos de turno.

A pesar de todo, durante su gestión, se instaura realmente la educación laica y se fundan escuelas y colegios por todo el país, institutos normales en Quito, Guayaquil y Cuenca y el Conservatorio Nacional de Música. Se trae profesores extranjeros para que apliquen los métodos pedagógicos modernos, totalmente ausentes en el país, y se fundan bibliotecas públicas para llevar la luz al pueblo. Aboga por el incremento de los paupérrimos salarios de los maestros congelados durante años y porque se solucione el deplorable estado de las edificaciones escolares, dotándoles de los implementos necesarios. Y para la ilustración de la población adulta que no ha tenido acceso a la educación, se crean centros de enseñanza nocturna. Todas esas acciones benefician grandemente la instrucción de la mujer ecuatoriana, aspecto al que Peralta presta especial cuidado: ya no hay provincia en el país “que carezca de un Colegio de niñas en los que la enseñanza deja poco que desear”, dice en su Informe de 1899.[12] Nuevamente clama ante el poder legislativo por la redención de la población indígena, desgraciadamente ante oídos de sordos congresistas: “Educar a los indios sería regenerar la sociedad, aumentar el número de ciudadanos útiles en más de ochocientos mil, multiplicar prodigiosamente los elementos de progreso; y, sin embargo, la Ley de Instrucción Pública no contiene ninguna disposición que favorezca especialmente a tan desheredada raza. Un  Decreto Ejecutivo quiso llenar tan lamentable vacío; pero el egoísmo y crueldad de los propietarios lo ha vuelto nugatorio, ha burlado el patriotismo y filantropía del Jefe de Estado. Y los indios, no lo olvidemos, componen la mayor parte de la población de la República; de modo que mantenerlos en la ignorancia y el atraso, es renunciar expresamente a la prosperidad de la Patria”.[13]

En lo económico contribuye con toda firmeza al combate contra el concertaje de indios –verdaderos esclavos a inicios del siglo veinte–, planteando el salario como remuneración obligatoria a todo trabajo, igualmente a la instauración del patrón oro para corregir distorsiones en materia de política monetaria y a la obra magna del liberalismo, la construcción del Ferrocarril Trasandino, obsesión de Eloy Alfaro, para dinamizar la economía nacional y unir a un país dividido por la geografía:”Unir esas confinadas poblaciones (serraniegas) con el océano, suprimir las distancias y dificultades del camino por medio de la locomotora, separar las montañas que nos ocultaban el horizonte infinito, facilitarnos el trato con los demás pueblos, no era sólo las industrias y el comercio, sino crear un activo y directo cambio de ideas y costumbres, despertar en la nación las nobles emulaciones con la vista de la prosperidad de los otros países, hacer que los ecuatorianos establezcan comparaciones saludables y se apasionen por la libertad y la justicia, en fin, darnos alas para salir del reino de las tinieblas y acercarnos a la claridad bienhechora”.[14]

Ministro encargado de Hacienda en los momentos cruciales que había que encontrar la manera de financiar el monumental proyecto, es a Peralta a quien le corresponde firmar los bonos del Ferrocarril, con riesgo de ir a la cárcel si fallaba la contraparte, como reconoce agradecido Alfaro en cartas personales y en su Historia del Ferrocarril del Sur. Así se inició la construcción del ferrocarril más barato de América, a juicio de Peralta, que reportó inmediatamente ingentes beneficios al país y se concluyó con su ingreso a Quito en 1908, a pesar de las múltiples dificultades y encarnizada oposición de los sectores más retrógrados de la patria que lo calificaban de objeto diabólico y a la línea férrea, camino de los demonios. [15]

Desde la Cancillería, en cambio, restablece las relaciones con Italia, rotas por García Moreno, apoya incondicionalmente a la segunda Misión Geodésica Francesa que viene al Ecuador a rectificar mediciones y cálculos astronómicos de la primera y transforma radicalmente el funcionamiento de ese ministerio. Mario Alemán, distinguido diplomático ecuatoriano, resume así su destacada labor como ministro de Relaciones Exteriores: “(…) impulsa dinámicamente la acción externa del Ecuador, que a partir de entonces se convierte de espectador en actor de la vida internacional. Impulsa el aumento del número de representaciones diplomáticas en el exterior. Nacionaliza, es decir pone en manos de los ecuatorianos, buena parte de nuestro cuerpo consular. Participa activamente en reuniones y conferencias internacionales. Suscribe numerosos convenios internacionales. Reforma el reglamento consular para incrementar las rentas del servicio exterior e inicia su reestructuración, con miras a crear una carrera diplomática que defienda de mejor manera los derechos de la nación. Pero lo fundamental y más destacado es el evidente cambio que introduce en el enfoque de la política internacional. Quiere hacerla plenamente soberana, dentro de una visión latinoamericanista, y con un estilo transparente y alejado del secretismo, sustentado más bien en la opinión y el debate públicos como medio eficaz para frenar las arremetidas expansionistas de los estados vecinos y de otros no tan vecinos”.[16]

Sin embargo, es en 1906 cuando en una verdadera segunda revolución se cristalizan las conquistas más sentidas del liberalismo radical. Y en esta ocasión Peralta una vez más tiene papel protagónico. Como diputado por la provincia del Cañar asiste a la Asamblea Constituyente en la capital y dirige la estrategia de los radicales para elaborar la nueva Constitución, de la que es redactor y codificador Ésta será reconocida como una de las mejores constituciones que ha tenido el Ecuador y, según el criterio de varios estudiosos, una de las más avanzadas de América Latina. En ella quedan plasmadas aspectos fundamentales del credo liberal: separación de la Iglesia  del Estado, enseñanza laica, ampliación de la libertad de prensa y de asociación,  inviolabilidad de la vida, garantías al trabajo, a la industria y a la propiedad, todo un capítulo de garantías y libertades públicas, conforme con las más adelantadas y democráticas constituciones del mundo.

En 1910 asume nuevamente la dirección de la política internacional del país, al ser nombrado canciller por Alfaro, ante la delicada situación por el conflicto limítrofe con el Perú y su labor es aplaudida por la mayoría de los  sectores políticos. Su prestigio alcanza los niveles más altos. Cuando en 1911 se habla de la sucesión de Alfaro, está entre los favoritos. “Don Eloy pensaba en Peralta” dice Alfredo Pareja Diezcanseco.[17] Declina a tan alto honor, como cuando su amigo le propusiera en 1901sea su candidato, para evitar la convulsión social que generaría en el país la oposición.

Pero en las filas del Partido liberal afloran las ambiciones por el poder y hay varios lugartenientes de Alfaro que se creen con derecho a la primera magistratura. Se preludia un trágico y desconsolador desenlace que comienza con el golpe de Estado de agosto. Medio año más tarde, luego de una cruenta guerra civil, se prenderán las piras de la hoguera bárbara inmolando al más grande ecuatoriano de todos los tiempos y a varios de sus más cercanos compañeros de lucha. Los culpables directos del crimen absueltos por el congreso de 1919,  aun ahora, siguen impunes por la  complicidad o cobardía de los poderes del Estado pertinentes que  no se han atrevido a condenarlos como un acto de elemental justicia con quien tanto hizo por la Patria.

Ese lóbrego ocaso de la Revolución Liberal, lanzó a Peralta a un largo destierro, primero a Europa y luego a Lima,  en el que el ideólogo y estadista da paso al pensador maduro y profundo que, a pesar de las circunstancias adversas, lejos de la vertiginosa actividad política a la que le había llevado el proceso revolucionario desde la segunda mitad de los años ochenta del siglo XIX hasta 1912, al fin tiene el tiempo para que su inmensa cultura se materialice en obras de gran calidad en los más diversos campos: filosofía, política, sociología, historia, etc.[18]

De 1917 a 1919 cumple su última función estatal como Ministro Plenipotenciario y Extraordinario ante el gobierno del Perú, en la misión que le encomienda Alfredo Baquerizo Moreno para que maneje en Lima nuestra controversia limítrofe. Renuncia finalmente por desavenencias con el ministro de Relaciones Exteriores Aguirre Aparicio. En este lapso concluye su gran alegato Eloy Alfaro y sus victimarios, donde sindica con nombres y apellidos a los responsables del crimen.

De regreso al país el Senado le prohíbe publicar documentos relativos a su gestión diplomática, pero, a pesar de ello, salen a la luz varias de sus obras en defensa de nuestra soberanía territorial, sólidamente fundadas en su erudición y amplia experiencia de internacionalista.[19]

Durante todo ese tiempo su pensamiento ha evolucionado del liberalismo radical  hacia un claro antiimperialismo, y para cuando ejerce la rectoría en la Universidad de Cuenca verá en el socialismo que llama liberal o de Estado la alternativa para el avance social del Ecuador.[20] Plantea la repartición de los medios de vida, principio que considera el más hermoso ideal del socialismo, sin abolir la propiedad sino dividirla “a fin de hacer que todos, o siquiera el mayor número posible, llegue a ser un propietario”.[21] El liberalismo,  ha terminado por aceptar, por más radicales que sean sus postulados ya no es suficiente. Las ideas socialistas maduran definitivamente en su espíritu, conforme éstas toman cuerpo cada vez más en el país, primero regionalmente y luego a nivel nacional, como consecuencia de la crisis y la catastrófica situación en la que han sumido a la patria los nefastos gobiernos plutocráticos.

Cree posible, ya para ese entonces, una fusión de lo mejor del liberalismo con lo promisorio de la nueva doctrina social que atraviesa América de extremo a extremo. Piensa en un liberalismo socialista que, si cotejamos con el clásico de los utópicos europeos, es mucho más avanzado porque Peralta, desde antes, desde su radicalismo liberal, siempre tuvo muy en alto el papel del pueblo en la transformación social. Alienta a los trabajadores a despertar y dirigir los destinos de la patria, pues está convencido que la “fuerza del Estado está en el pueblo” y que los “obreros son sagrados, porque ellos son los únicos que elevarían la República a la altura de la civilización moderna: son los hombres nuevos, en cuyo engrandecimiento estriba el progreso nacional”.[22]

Su programa socialista propugna la protección del trabajo y la represión de “la opresión del capitalismo”, la supresión paulatina del proletariado, poniendo la propiedad agraria, en lo posible, al alcance de los desposeídos, la protección de las industrias y redención de la agricultura, “fuente perenne de riqueza”, eliminando absurdos sistemas económicos, exonerando de gravámenes prediales a las pequeñas propiedades del indio y del labriego”.[23]

Como los grandes sintetizadores del pensamiento mundial, Peralta busca vehementemente a lo largo de su evolución intelectual esas fuentes esenciales para la redención humana y las encuentra en lo mejor del cristianismo y del liberalismo revolucionario, en la primera fase de su desarrollo ideológico. Posteriormente, las enriquecerá con su comprensión del socialismo y su antiimperialismo sin concesiones, que desemboca como necesidad histórica en la unidad latinoamericana, esa herencia bolivariana de la que participa desde antes de la revolución con Alfaro, única fórmula para la salvación de nuestros países, como lo expresa en La esclavitud de la América Latina.[24]

Enrique Ayala Mora con mucha razón señala que Peralta “fue aclarando sus ideas y radicalizando sus propuestas, hasta convertirse en uno de los pensadores de la denuncia social y el antiimperialismo más destacados del Ecuador y América Latina”.[25]

Por esa herencia de avanzado humanismo, extraído de lo más valioso y elevado del pensamiento universal para elaborar un proyecto de desarrollo para nuestro pueblo, José Peralta se constituirá cada vez más –conforme se lo aprecie en toda su dimensión– en un referente insoslayable de las futuras luchas que se librarán en nuestra patria, en ejemplo y guía como Bolívar, Alfaro, Martí, Zapata, Sandino, el Che, Allende, Fidel y cien hombres símbolo más de Nuestra América.

 

Notas bibliográficas:

[1] “Señor General Jefe Supremo de la República”, Cuenca, Agosto 25 de 1896. Hoja volante que Peralta publica para manifestar su posición frente a los acontecimientos preocupantes del rumbo de la revolución.

[2] Ibíd.

[3] Véase José Peralta, Mis memorias políticas, Infoexpres, Quito, 1995, pp. 4-77.

[4] “Señor General Jefe Supremo de la República”, Cuenca, Agosto 25 de 1896.

[5] José Peralta, “Discurso pronunciado en la Convención de 1897”, citado por Manuel Medina Castro, Para la historia nacional de la codicia, Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas, Guayaquil, 1992, p. 134.

[6] Sobre esto ver más detalladamente en: César Albornoz, “Actualidad y vigencia del pensamiento de Peralta”, Revista Ciencias Sociales Nº 25, Escuela de Sociología de la Universidad Central, Quito, 2005, pp. 150-153.

[7] José Peralta, “El liberalismo ecuatoriano. Sus luchas.-Sus conquistas.-Sus mártires.-Lo excelso de su credo”, en Años de Lucha, t. III, Offset Monsalve, Cuenca, 1976, p. 253.

[8] Mis memorias políticas, op. cit., p. 124.

[9] Ibíd., p. 127.

[10] Gonzalo Abad Grijalva, “Peralta”, en Mejía Revista de Arte, Educación y Letras Nº 1-2, Instituto Nacional Mejía, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1976.

[11]Mis memorias políticas, op. cit., p. 161.

[12] José Peralta, Informe del Ministro de Instrucción Pública al Congreso Ordinario de 1899, Imprenta de la Universidad Central, Quito, 1899, p. VIII.

[13]  José Peralta, Informe del Ministro de Instrucción Pública al Congreso Ordinario de 1900, Imprenta de la Universidad Central, Quito, 1900,  pp. IX-X.

[14] Ibíd., p. 170.

[15] Ver José Peralta, El régimen liberal y el régimen conservador juzgados por sus obras, en Años de Lucha, t. III, Offset Monsalve, Cuenca, 1976, pp. 109-115.

[16] Mario Alemán, “José Peralta el primer canciller del Ecuador”, en Textos y Contextos Nº 4, Revista Teórica de la Facultad de Comunicación Social Universidad Central del Ecuador, Quito, 2005, p. 39.

[17] Alfredo Pareja Diezcanseco, La hoguera bárbara, t. II, Colección Media Luna, Quito, 2003, p. 199.

[18] Entre 1913 y 1916 escribe en la capital peruana Escritos del destierro, La naturaleza ante la Teología y la Ciencia, La moral de Jesús, Cuestiones filosóficas, El hombre y sus destinos, Mis memorias políticas, e inicia  Eloy Alfaro y sus victimarios.

[19] Comte rendu y Para la Historia en 1920, Una plumada más sobre el Protocolo Ponce-Castro Oyanguren en 1924 y Breve exposición histórico –jurídica de nuestra controversia de límites con el Perú en 1925.

[20] Entre 1925 y 1931 escribe varios artículos en donde desarrolla sus ideas respecto al socialismo, con mucha vigencia para aquello que en nuestros días se denomina socialismo del siglo XXI. Ver mi artículo “José Peralta: evolución de un pensamiento creador”, Textos y Contextos Nº 4, op. cit., pp. 86-96.

[21] José Peralta, “El problema obrero”, en Años de lucha, t. III, Cuenca, 1976, pp. 296-297.

[22] “¡Pobre pueblo!”, en Años de Lucha, t. I,  Editorial Amazonas, Cuenca, 1974, p. 139.

[23] “Magistral discurso del Presidente Honorario del Comité Sr. Dr. D. José Peralta, pronunciado el 1º de Mayo en la sesión Solemne”, en  La Ilustración Obrera Nº 1, Cuenca, 10 de mayo de 1925.

[24]José Peralta, La Esclavitud de la América Latina, s.e., Cuenca, 1975, p. 59.

[25] Ver contraportada de José Peralta, Escritos del destierro, Universidad Andina Simón Bolívar/ Corporación Editora Nacional, Quito, 2008.