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Cultivando sus diferencias, Cataluña sembró el independentismo

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En las escuelas, los medios o simplemente en la calle: impulsando su idioma, sus fiestas populares o su visión empresarial, desde los años 1980 Cataluña reforzó una identidad nacional convertida ahora en independentismo.

La crisis económica, que desde 2008 convirtió a esta rica región del noreste en una de las más endeudadas del país (31,2% de su PIB), y la supresión en 2010 por el Tribunal Constitucional de su estatus de “nación” se evocan habitualmente como detonantes del auge independentista.

Pero el catalanismo, surgido como otros nacionalismos europeos a finales del siglo XIX y que este domingo llevará a miles de personas a manifestarse sobre una separación de España, se vio alimentado desde el fin de la dictadura franquista (1939-1975) por unos políticos regionales decididos a construir un determinado modelo social.

“Se quería evitar que con la masiva llegada de inmigración de los años 60 y 70 desde el sur de España, la sociedad catalana se dividiese en dos bloques por razones de lengua o de identidad”, afirma Ferran Requejo, politólogo de la Universidad Pompeu Fabra.

Reprimida durante el franquismo, la lengua catalana centró entonces todas las políticas, con el objetivo de llevarla del reducto familiar a la justicia, la economía, la ciencia, el rock o el cine.

Jugó un papel clave la televisión pública regional, creada en 1983 durante el primero de los nueve gobiernos del nacionalista CiU, con canales dedicados al deporte, la cultura, la información o la infancia.

Sin embargo, según Gabriel Colomé, politólogo de la Universidad Autónoma de Barcelona, so pretexto de difundir el idioma contribuyó también a trasmitir un mensaje político.

“Los programas infantiles son una manera de socializar culturalmente a los niños; si además los conviertes políticamente, mucho mejor”, ironiza.

Aunque, en su opinión, “la jugada les salió mal, porque en lugar de hacerse de CiU se han hecho todos de ERC”, el partido independentista radical que, convertido ahora en la fuerza más votada en la región, presiona al gobierno de Artur Mas hacia la independencia.

“La gente ha sido sometida a un proceso de adoctrinamiento de una eficacia brutal, visto el resultado posterior”, fustiga el dramaturgo catalán Albert Boadella, conocido por sus duras críticas a CiU.

“La actual generación independentista es la de todos aquellos que crecieron en democracia (…) y han sido moldeados en esta idea de nación”, considera Colomé.

La lengua que sus padres no habían aprendido a leer y escribir tomó paulatinamente las aulas, hasta llegar al sistema actual en que todo -excepto el castellano- se imparte en catalán.

Y con ella, otra forma de enseñar la Historia. Así, la Corona de Aragón, el reino que en el siglo XV se unió a Castilla formando el embrión de la España moderna, se presenta como “el reino catalano-aragonés, cuya capital era Barcelona”, defiende Requejo.

“La historia de España que se enseña en las escuelas españolas es una historia mucho más unitarista. La reconstrucción histórica tradicional de una España unida desde los reyes católicos, eso es lo que es falso”, asegura.

Al mismo tiempo surgieron eslóganes, difundidos en campañas institucionales del gobierno catalán, que proclamaban “Somos seis millones”, reforzando la idea que “todo el que vive y trabaja en Cataluña es catalán independientemente de su origen”, dice Colomé.

Y, orgullosos de su potencia industrial y comercial en una España estereotipada por la fiesta y la siesta, concienciaban: “el trabajo bien hecho no tiene fronteras, el trabajo mal hecho no tiene futuro”.

Florecieron asimismo los centros culturales, en los que muchos catalanes aprendieron a bailar la tradicional sardana, con las manos unidas y moviéndose al unísono. Y proliferaron los “castells”, esas ahora célebres torres humanas en las que solo se logra la altura si una sólida masa de hombres y mujeres sostienen unidos la base.

Tal vez por ese fuerte simbolismo, estas dos tradiciones, propias una del norte y otra del sur de Cataluña, fueron extendidas desde las instituciones “con una lógica nacional que hasta entonces no era real”, subraya Colomé.

“Los concursos de castells fueron convertidos en una especie de ‘Superbowl’, un gran espectáculo deportivo, con programas especiales y conexiones en directo”, agrega, por una televisión pública que este domingo llevará también en vivo el simbólico voto sobre la independencia a todos los hogares catalanes.

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