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Las cartas motivadas por el crimen de dos argentinas en Montañita

La muerte de las jóvenes argentinas Marina Menegazzo (21 años) y María José Coni (22), ocurrido en estos días en Montañita (Santa Elena), ha generado el debate sobre la igualdad de género y la violencia contra las mujeres. Con cartas y mensajes difundidos en redes sociales, diversas personas y agrupaciones feministas han tomado el caso como una bandera de lucha.

“Ayer me mataron”, “Todas somos pibas viajeras” y “Qué va a ser de ti lejos de casa”, son tres de los mensajes que se han difundido desde el lunes en redes. Aquí los reproducimos.

‘Ayer me mataron’ (Escrito por la paraguaya Guadalupe Acosta)

Me negué a que me tocaran y con un palo me reventaron el cráneo. Me metieron una cuchillada y dejaron que muera desangrada.

Cual desperdicio me metieron a una bolsa de polietileno negro, enrollada con cinta de embalar y fui arrojada a una playa, donde horas más tarde me encontraron.

Pero peor que la muerte, fue la humillación que vino después.

Desde el momento que tuvieron mi cuerpo inerte nadie se preguntó donde estaba el hijo de puta que acabo con mis sueños, mis esperanzas, mi vida.

No, más bien empezaron a hacerme preguntas inútiles. A mí, ¿se imaginan? Una muerta, que no puede hablar, que no puede defenderse.

¿Qué ropa tenías?

¿Por qué andabas sola?

¿Cómo una mujer va a viajar sin compañía?

Te metiste en un barrio peligroso, ¿Qué esperabas?

Cuestionaron a mis padres, por darme alas, por dejar que sea independiente, como cualquier ser humano. Les dijeron que seguro andábamos drogadas y lo buscamos, que algo hicimos, que ellos deberían habernos tenido vigiladas.

Y solo muerta entendí que no, que para el mundo yo no soy igual a un hombre. Que morir fue mi culpa, que siempre va a ser. Mientras que si el titular rezaba fueron muertos dos jóvenes viajeros la gente estaría comentando sus condolencias y con su falso e hipócrita discurso de doble moral pedirían pena mayor para los asesinos.

Pero al ser mujer, se minimiza. Se vuelve menos grave, porque claro, yo me lo busqué. Haciendo lo que yo quería encontré mi merecido por no ser sumisa, por no querer quedarme en mi casa, por invertir mi propio dinero en mis sueños. Por eso y mucho más, me condenaron.

Y me apené, porque yo ya no estoy acá. Pero vos si estás. Y sos mujer. Y tenés que bancarte que te sigan restregando el mismo discurso de “hacerte respetar”, de que es tu culpa que te griten que te quieran tocar/lamer/ chupar alguno de tus genitales en la calle por llevar un short con 40 grados de calor, de que vos si viajas sola sos una “loca” y muy seguramente si te paso algo, si pisotearon tus derechos, vos te lo buscaste.

Te pido que por mí y por todas las mujeres a quienes nos callaron, nos silenciaron, nos cagaron la vida y los sueños, levantes la voz. Vamos a pelear, yo a tu lado, en espíritu, y te prometo que un día vamos a ser tantas, que no existirán la cantidad de bolsas suficientes para callarnos a todas.

Todas somos pibas viajeras (Publicado en la revista PUTX)

En enero de 2012 me fui a Montañita, Ecuador. Tenía 22 años. Me fui con mis amigas, yo soy la más grande de ellas.

En ese viaje, me emborraché, me vestí con polleras y escotes, estuve con chicos, conocí muchísima gente. Bailé hasta el amanecer y nos metíamos al mar de noche. Dormimos en lugares insólitos. Nos tatuamos. Fumamos porro. Salíamos todas las noches y con distintos grupos de pibes, nos encontramos con mucha gente de Argentina. El lugar está de moda hace años.

Hice todo lo que quise. Fue realmente de las mejores vacaciones de mi vida y que seguro jamás olvide. Mis padres no saben ni la mitad de las cosas que hice. No me negaron que fuera ni la comunicación era la que es hoy, así que no podrían haberse alertado porque no aparecía un día, porque ni era común buscar el wi-fi para conectarse a nada. Ellos sabían, pese a los temores de cualquier padre, que yo podía irme en este viaje. Hasta trabajaba y pude pagármelo.

Recordé, con el asesinato de dos pibas en esa ciudad, que con mis amigas volvimos en vuelos separados en días distintos. Sólo dos de nosotras volvíamos juntas, y la última noche, en vez de tomarnos una combi de las que salían por la tarde, tomamos un remis y fuimos al aeropuerto a las 2 am. El aeropuerto de Guayaquil es a 3hs de Montañita, por un camino completamente desierto.

Llegamos perfectamente, a las 5 am al aeropuerto. Volvimos intactas. Y felices.

Años después, en enero de 2014 volví a Ecuador. Viajé un mes, en pareja. Con amigos que viajaron también por su lado y nos encontrábamos por los distintos destinos. Pasé Año Nuevo, en Montañita. Volví a emborracharme y disfrutar de lo hermoso que es realmente ese país. Su gente, es extremadamente amable. Recorrí ese país, conocí muchísima gente. No me pasó nada.

Se ve que se trata de tener buena suerte el no morir asesinada por un mundo enfermo. No importa dónde vayamos, esto pasa acá o en Europa, o en Estados Unidos, en Ecuador. En todos lados.

Para poder viajar tranquila, no alcanza con cuidarse. Los mínimos cuidados los sabemos todas las pendejas. Nos los enseñan, los vemos, y los sentimos cada vez que un tipo se acerca de manera intimidante. Cuando detrás nuestro, hay asesinos y violadores, también hay opiniones que construyen la culpabilización de las víctimas.

Todo eso de cuidarse no alcanza. Todas las luchas no alcanzan.

Que mirá cómo se vestían

Que cómo las dejaron ir ahí

Que seguro estaban drogadas

Que mirá cómo las mataron por enfermos. Eso es.

Todo tan librado a la suerte, a nosotras. A zafar.

A que no te agarren.

Que en paz descansen, chicas.

MONTAÑITA, Santa Elena.- Actores turísticos y visitantes hicieron un homenaje el lunes a las jóvenes argentinas María José Coni (i) y Marina Menegazzo, asesinadas en este balneario (Winston Rosales, EL UNIVERSO)

Qué va a ser de ti lejos de casa (Escrito por Leila Mesyngier)

La primera vez que sentí asco tendría no más de nueve o diez años. Un amigo de la familia -padre de dos niños- me abrazaba con énfasis cada vez que nos veíamos al canto de “qué linda estás”. Era apenas una nena, no me había desarrollado ni sabía que existían varones que pudieran abusar de niñas y adolescentes. Pero no podía quitarme la incomodidad que sentía cada vez que él me apretaba contra su cuerpo. A los doce mis compañeros de séptimo grado jugaban a tocarle la cola a las chicas. La remera adentro del pantalón “mostrando” la cola era una invitación, un puerta abierta a la picardía varonil. Una vez, a la que encasillaron como “mojigata”, la rodearon entre todos -siempre en más fácil en grupo- y la fueron encimando hasta tirarla al piso. Ella gritaba, las demás mirábamos paralizadas sin saber qué hacer, alguna hasta se habrá reído.

A los 16 un profesor creía tener un “amor platónico” conmigo. Otra vez el abuso de la fuerza, el abrazo adulto en el cuerpo adolescente. A los 17 el “pero hace cuánto nos conocemos” como justificación para el sexo. Mientras, el apriete en el boliche, el te-agarro-de-un-brazo para que bailes conmigo, el dame-un-beso-qué-te-cuesta y el acoso callejero disfrazado de piropo.

En la clase media profesional, urbana y hasta psicoanalizada los varones siguen siendo los reyes. Muchas veces padres, madres y abuelas babean por el primogénito, los excusan de las tareas del hogar y celebran haber “ubicado” a las mujeres al mejor candidato. Los aplausos resuenan después del brindis de casamiento.

Por eso, tal vez, en los viajes iniciáticos por América Latina (e incluso por el Sudeste asiático), las vacaciones con amigas y las travesías solitarias todo se potencia. Las que nos colgamos la mochila al hombro, aún viajando con varones, lo vivimos. Miradas incómodas en una playa peruana en la que no te querés quedar sola ni un minuto, la espera en una terminal de micros de un pueblo cordillerano en la que todo te parece peligroso, los gritos y chiflidos aún cuando caminás de la mano con un novio en un mercado mexicano o el dueño de un piso compartido que espía e interrumpe cuando estás por tener sexo.

Las escenas de micromachismo cotidiano pueden llegar a ser manejables en el área de confort de la ciudad. Pero ¿qué hacer cuando una está de viaje? ¿Hay que estar preparadas para lo peor? ¿Es posible defenderse? ¿Qué habrán sentido Marina Menegazzo y María José Coni, las jóvenes mendocinas, en ese pueblo costero de Ecuador? ¿Habrán tenido miedo o volteado la cara para esquivar la mirada de los tipos que las atacaron? No puedo dejar de preguntármelo. Si el problema de Daiana García era el largo del short que usaba y el de Melina Romero que le gustaba ir a bailar, el de Marina y Majo -según algunos medios y muchos lectores y foristas- es que “viajaban solas”. Mariana Sidoti escribió en el muro de Facebook: “Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, “viajaban solas”. Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban “solas”. ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser “solas”, algo les faltaba… Adivinen qué”.

Culpar a las víctimas de su destino fatal es parte del rollo. Una mujer que se vuelve presa de caza, que no puede viajar sola, ser soltera, usar escote o minifalda. La escena en la no podemos quitarnos de encima las segundas intenciones, el miedo, la vulnerabilidad. Es algo que sobrevuela y se entromete en situaciones en las que no debería, me dijo una amiga. Se refería a los vínculos con los varones que ocupan cargos más altos en el ámbito laboral. Como si ser joven, linda y profesional habilitara a que una relación se inunde de aire sexual, a que una esté obligada a responder con su mejor sonrisa. No por nada las lecciones de femineidad que recibimos en los inicios del despertar sexual -aún de las madres, tías o mujeres más progres de la familia- nos enseñaban cómo cuidarnos de no quedar embarazadas, cómo ser y actuar para gustarles a los varones. Ya sonaba Qué va a ser de tí lejos de casa, nena qué va a ser de tí en el tocadisco y anticipaba una partida del hogar paterno llena de temores.

Casi todas mis amigas tienen anécdotas que las incomodan con el paso del tiempo: una cita equivocada, una visita a un departamento ajeno, un viaje en una trafic (furgoneta) con extraños, una excursión en tierras desconocidas, un grupo de varones acosándolas. Ninguna de esas historias terminó en violencia explícita. Será una cuestión de clase o la inconsciencia del peligro y un poco de suerte. Porque un error de cálculo puede pagarse con el cuerpo. ¿Entonces debemos estar siempre en estado de alerta? ¿Los varones también temen ser violados y asesinados? Ayer en las redes Soledad Rodríguez Garnica contaba: “Me desespera un poco que muchos no entiendan el miedo que tenemos muchas mujeres cuando salimos a la calle. O cuando nos tomamos un taxi. O cuando caminamos solas. Cuando estamos fuera de casa, aunque a veces también sea una trampa mortal. Me encantaría no sentir miedo. Lamentablemente, no puedo. Y no es miedo a un robo. Es miedo a una agresión, a que te pongan una mano encima, a que grites y pegues y nada. Es terror a que te violen”.

Las respuestas que recibió son tan sorprendentes como que ningún medio haya hablado de femicidio. A nueve meses de la multitudinaria convocatoria #NiUnaMenos deberíamos haber aprendido a llamar a las cosas por su nombre. Todavía la tarea es monumental. (I)

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