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Verónika Mendoza, la disidente del gobierno de Humala, va tras la presidencia en Perú

El programa de televisión Sin Medias Tintas es, en época electoral, una de las vitrinas más sintonizadas, los domingos por la noche, en Perú. Semana tras semana, invita a uno de los candidatos a la presidencia y, a través de las preguntas de un grupo de panelistas, explora sus planes de gobierno.

El pasado 7 de febrero la invitada fue la cusqueña Verónika Mendoza Frisch. Uno de los conductores del programa, Aldo Mariátegui -conocido por su posición de rechazo a la izquierda en el país-, dio la bienvenida a la candidata masticando un francés mal pronunciado.

Mendoza, de padre cusqueño y madre francesa, halló ventaja ahí donde se abría un zanja: respondió en quichua.

La semana siguiente ese episodio se volvió viral en las redes. “Es extraño que un candidato no se muestre servil al uso maniqueo de los medios de comunicación, pues al recibirla hablando en francés querían cuestionarla por su doble nacionalidad”, dijo Raquel García, comunicadora.

En un país que tiene el segundo lugar en el índice de feminicidio en la región, y en el que un candidato –Kuczynski– renunció a su pasaporte norteamericano como acto de sinceridad ante el electorado, la respuesta en quichua de una mujer en televisión nacional fue algo que no se tenía programado.

No se tenía programado, tampoco, el momento político que vive Mendoza. A 5 días de las elecciones, ocupa el segundo lugar en la preferencia nacional y tiene firme posibilidad de pasar a una segunda vuelta frente a Keiko Fujimori, heredera de un apellido que en el país es sinónimo de corrupción, muerte y mentira.

A sus 35 años, la hoja de vida de Verónika Mendoza dice más de su formación profesional que de su experiencia en el terreno político de Perú.

Formada en París, donde obtuvo la licenciatura y un magíster en Ciencias Sociales por la Universidad Sorbona, regresó para ejercer la docencia, como profesora de español y como docente universitaria, en el sur del país.

En 2007 ingresó a las filas del Partido Nacionalista, tienda política del entonces candidato de izquierda Ollanta Humala, bajo cuyo auspicio Mendoza alcanzó una curul en el Congreso para el período 2012-2016.

A poco de iniciado su período legislativo estalló un conflicto en Espinar, Cusco, y sus reclamos ante la falta de acción del gobierno de Humala para la solución del problema, la llevaron a renunciar a la bancada y convertirse en una de las voces disidentes ante la ‘derechización’ del Gobierno. Hoy, que el Nacionalista es un partido en ruinas, algunos de sus excompañeros se empeñan en señalar que el plan de gobierno con el que Mendoza aspira a alcanzar la presidencia recoge gran parte de las propuestas de la ‘Gran Transformación’ prometida por Humala. Daniel Abutagas, uno de los políticos referenciales del nacionalismo, ha dicho que, por tanto, la de Verónika es una candidatura falsa, pues carece del total conocimiento del manejo del Estado.

“No tiene absolutamente ninguna idea de lo que promete”. Con el 15% de respaldo nacional –subió 13 puntos porcentuales en menos de tres meses– los intentos de retratarla como una mujer sin experiencia en el manejo del poder no han logrado desinflar su crecimiento de la aceptación popular y, por el contrario, la posicionan como alguien que genera el interés -e incluso la preocupación- en los bastiones políticos tradicionales de Perú.

“El elector indeciso es disuadido por los ataques radicales en contra de la izquierda, en lugar de que se identifique con quienes la atacan, el efecto es contrario: halla vínculos de solidaridad con ella, se identifica con una causa no programada”, mencionó Raúl Barruento, analista político.

Cuando el 18 de agosto del año pasado, Mendoza anunció, desde Cusco, su precandidatura a la presidencia, la preocupación de los grupos de poder ni siquiera se vio alterada.

Tampoco cuando a finales de octubre inscribió su candidatura como representante del Frente Amplio, una agrupación que resulta de la unificación de tendencias de la izquierda nacional, y que reitera en su discurso la necesidad de “impedir que se roben la esperanza” de los peruanos.

En su plan de gobierno, cuatro ejes referenciales advierten de un trabajo con acento en la necesidad de igualdad: economía para la gente y no para las grandes empresas, un país libre de corrupción, derechos civiles sin discriminación y progreso amigable con el medio ambiente; frentes en los que ahora mismo existe una distancia social muy amplia, que relega a gran parte de la población -existen 6 millones de pobres en Perú- a una vida determinada por la ausencia de Estado y por una economía neoliberal que se extiende por todos los rincones del país.

“Uno de los puntos positivos posteriores a esta campaña es el capital político de renovación con el que terminará, sea cual sea el resultado, Verónika Mendoza. La gente parece exigir nuevos actores, hay mucha inconformidad frente a la corrupción, habla una sociedad en cambio cuando depositan su confianza en una mujer joven, no limeña, distante a los vicios del poder.

Ahora, también debemos atender a que esta oportunidad, más que haberse creado por ella misma, ha obedecido a las circunstancias de la campaña que, buenas o malas, han terminado por posicionarla como una opción”, apuntó Barruento.

La salida de Julio Guzmán y César Acuña, cuyo amplio respaldo les valió ocupar las primeras filas de la intención de voto, significó un reparto de apoyo entre los demás candidatos. Los beneficios de ello, sin duda, son parte del podio electoral en el que se sostiene Mendoza.

Pero lo es también su actitud en la campaña. El 25 de enero, por ejemplo, en un foro nacional sobre corrupción, pidió llamar corruptos a los corruptos, “aunque vistan de saco y corbata, aunque lideren las encuestas de intención de voto, aunque lideren grandes gremios empresariales”.

Su discurso ha incluido a la dignidad y la unidad como catalizadores del sentimiento popular, y ha abierto un espacio para que el interior del país se identifique con ella. En el sur, bastión que determinó en las elecciones pasadas la victoria de Humala, la candidata del Frente Amplio supera a Fujimori.

La semana pasada, presa de la preocupación creciente por la cercanía con Mendoza, Pedro Pablo Kuczynski la acusó, en un mitin de campaña, de ser “una media roja que dice que va a cambiar el país y que no ha hecho nada en su perra vida”.

En medio de una elección donde todo gesto o palabra es aprovechada por los medios para captar sintonía, esas declaraciones mostraron a un candidato desesperado, sin recursos para el debate. Mendoza, en cambio, sacó provecho.

“Entiendo que para el señor Kuczynski, si uno no hace lobby político para las empresas extractivistas, no trabaja”, respondió. Sin embargo, le será difícil, en el caso de una segunda vuelta, salir del calificativo de ‘roja’ que la acerca a ese estigma que tiene la izquierda en Perú, representa el retraso, la guerra y el miedo causado en los años 80 por Sendero Luminoso.

Gran parte de sus detractores, por ejemplo, no han dudado en calificar a Mendoza como ‘terruca’, sinónimo de quien formó parte o simpatiza con los preceptos liderados por los senderistas.

El próximo domingo 10 de abril, cuando se cierren las urnas, se sabrá si las circunstancias de esta elección fueron aprovechadas de la mejor manera posible por el Frente Amplio.

Verónika Mendoza tendrá ante sus manos, si pasa a la segunda vuelta, la oportunidad de encarnar ese reclamo popular del 51% de ciudadanos en este país: “Fujimori, nunca más”. (I)

DATOS Verónika Mendoza Frisch tiene 35 años, es psicóloga y antropóloga. Fue elegida parlamentaria en 2011, aunque en junio de 2012 rompió con el oficialista Partido Nacionalista por considerar que Ollanta Humala había traicionado a sus votantes al cambiar su plan de Gobierno.

La ahora candidata del izquierdista Frente Amplio es hija del peruano Marcelino Mendoza y de la francesa Gabrielle Marie Frisch D’Adhemar, por lo que posee ambas nacionalidades. Su padre fue militante de la Izquierda Unida y del Sindicato Unitario de Trabajadores en la Educación de Perú (Sutep) y su madre militó en el Partido Socialista Unificado de Francia.

Mendoza, que habla español, quechua y francés, pasó su infancia en el pueblo peruano de Andahuaylillas, estudió en la Universidad San Antonio Abad del Cusco. También se formó en psicología en París.

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